No soy mi Cuerpo

A todas las mujeres que han sentido que su valor se mide en centímetros, curvas y arrugas .

 Hubo un tiempo en que creímos que nuestra belleza era un pasaporte, una especie de salvoconducto para ser vistas, escuchadas y ser queridas, porque así nos habían programado. En silencio nos enseñaron que el cuerpo debía mantenerse firme, liso, intacto… como si la vida misma no pasará por nosotras, como si vivir no dejará huellas y marcas

Pero hoy, vamos a mirarnos de frente, y decirle al mundo, con voz serena y digna: “No soy mi cuerpo.” No soy la piel que cambia, no soy las arrugas que el tiempo dibuja en mi rostro como testimonio de haber reído, llorado y amado. No soy la flacidez que llega después de haber dado vida o sostenido el peso del mundo en mis hombros.  No soy el pecho que ya no desafía la gravedad, ni las caderas que han cambiado de contorno, tampoco soy la talla de mi vestido ni el brillo de mi espejo, al contrario, soy la historia que late debajo, soy la mujer que ha sobrevivido al abandono, al desamor, al juicio, a las comparaciones crueles… Soy la fuerza que nadie vio cuando me callé para no estallar; Soy el silencio lleno de paciencia, la ternura que no pide permiso, la voz que ya no se puede esconder. 

Al envejecer, el mundo nos mira con desprecio, rabia, y tristeza, lista para ser condenada o abandonada, como si nuestro valor sólo residìa en nuestra juventud. Envejecer no es un castigo, sino un privilegio que muchas no han tenido. Es la prueba de que hemos vivido, y seguimos aquí… más sabias, más íntegras, más nuestras. Ya es momento, es tiempo de decir en voz alta al mundo que insiste en reducirnos a carne, curvas y caras bonitas ! ya basta!

No vinimos a este mundo a ser decorada, tampoco fuimos creadas para adornar las esquinas de una historia que otros escriben. Vinimos a dejar huellas y a cambiar la dirección de una vida con una sola palabra. Vinimos a escribir capítulos donde antes sólo había ideas; a ser raíz cuando todo tiembla; a ser abrigo cuando el mundo se enfría; a ser fuego cuando la injusticia arde, y a ser consciente cuando se olvida lo humano. No somos el cuerpo que envejece, somos el alma que se expande… si alguna vez la juventud nos hizo visibles por conveniencia, deseos y expectativas, entonces, la madurez nos hace invencibles. Porque ahora no estamos buscando aprobación, buscamos la verdad. Ya no imitamos ideales ajenos, ni modelamos figuras inalcanzables que sólo se logran en la mente de sus autores, somos fieles a nosotras. Ya no nos callamos para agradar y encajar, hablamos para sanar. Nosotras no nos deshacemos con los años, no tenemos fechas caducidad …nos revelamos.

Quitamos el disfraz de la mujer perfecta junto con la necesidad de complacer, lo envolvemos en la capa del miedo a ser suficientes. Y, en ese acto íntimo y profundo, nos descubrimos. No como antes nos querían ver, sino como realmente somos: vastas, complejas, reales… y hermosas sobre todo.  Una belleza pura, que nace del dolor aceptado, del amor propio reparado, del miedo superado, del coraje de mirarse sin filtros…créeme, esa belleza no cabe en una foto. 

Es algo que no se marchita ni se mide ni se compara, algo que no puede ser visto por cualquiera, algo que nos da derecho al respeto por todo lo vivido; Como: las cicatrices que nadie ve, los años que cargamos con honor, de todo lo que fuimos… y todo lo que aún seremos. Hoy, quiero que le digas al mundo, que aceptarte no es una opción, es un acto de rebeldía, que amarte y cuidarte no es vanidad, es un derecho, al igual que mostrarte tal como eres sin vergüenza, es el legado que dejarás a cada niña que viene detrás. No eres tu cuerpo, no lo fuiste, y nunca lo serás. 

 

!Un abrazo!

Campeona.

 

 

 

 

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