Hasta aquí

   Hay un momento en la vida que el alma deja de negociar.

Durante años hemos aprendido a soportar, a justificar lo injustificable. Puliendo las palabras duras, justificando ausencias disfrazadas de compañía; romantizando gestos que lastiman, pero que terminamos  llamándoles  “momentos difíciles”, Nos convertimos en expertos en comportamientos, sin darnos cuenta que es parte de nuestra crianza cultural, aunque nadie lo quiera admitir.

Nos convencemos repitiendo que todo puede mejorar, que incluso es pasajero; que tal vez, estamos exagerando, y así pasan los días, los meses, a veces los años. Hasta que un día algo dentro de nosotros se cansa de callar, el miedo desaparece, el arte de disculpar que nos había caracterizado se esfuma, porque nunca debieron enseñarnos a priorizar el sentimiento de los demás sobre el nuestro. Allí fue, que en medio del caos emocional, perdimos el miedo:

  • Miedo a perder.
  • Miedo a quedarse solo.
  • Miedo a decepcionar.
  • Miedo a que los demás nos juzguen por nuestra elección.

Miedo a poner nombre de amor a lo que en realidad era miedo, costumbre y dependencia, por simple adaptación . No fue un estallido ni una revelación, tampoco un drama, era algo mucho más profundo,  que las palabras no alcanzan a describir. Se trataba  de una lucidez repentina, del llamado de  una voz interior que ya no pide explicaciones, que no busca entender, que ya no le interesaba arreglar lo irreparable. Solamente se dispone a decir una frase simple y pequeña, microscópicamente hablando…pero capaces de romper años de silencios, de miedos y de abusos emocionales ‘’HASTA AQUÍ ’’.

No ocurrió de forma heroica… No hubo aplausos, no era necesario anunciar que algo había cambiado tampoco, porque el mundo continuó exactamente igual, pero dentro de mí, algo murió para siempre. Por décadas, viví intentando ser comprendida, Intentando demostrar que yo era digna, inteligente, hermosa y muy capaz. Que era humana  antes de ser interpretada; sin saber que cada esfuerzo escondía una súplica silenciosa, diciéndole a los demás ‘’Permítanme existir’’ Y fue hasta entonces que comprendí que había una mirada antes de mi nombre, una evaluación antes de mi palabra, una conclusión antes de mi historia, sobre mi origen o mi pasado. Sin saber, entraba a los espacios como quien entra a un examen que nunca solicitó presentar, porque no bastaba con estar, debía poder  justificar la presencia. Había que hablar mejor, trabajar más, ser dócil e impecable, porque el error no sería leído como error humano, sino como confirmación de una sospecha antigua, así, poco a poco  comencé a vivir respondiendo preguntas que nadie formulaba en voz alta, como tú seguramente lo sigues haciendo.

Un día entendí algo inquietante, algo que me hizo entender mi comportamiento sobre todo, algo que me mostró de frente mi situación, era que yo no estaba persiguiendo el éxito, estaba buscando la absolución. Quería que el mundo finalmente me viera y  dijera, ‘’ Ahora sí perteneces’’, pero la aprobación nunca llegaba completa, siempre me faltaba algo, según ellos. A veces, era:

  • Un gesto más.
  • Un logro más.
  • Una prueba más.

Entonces comprendí la trampa… el permiso nunca iba a llegar, porque él no era aquel reconocimiento que yo anhelaba. Era simplemente un mecanismo que me mantenía viva mientras esperaba, haciendo que seguiría aceptando que alguien más tenía autoridad sobre mi existencia. Un día, por fin, decidí mirarme al espejo, y vi lo que ni yo,  ni nadie veía hasta ese entonces. Vi que yo soy valiosa, no porque alguien lo diga o lo vea, sino porque lo soy… y punto. El cambio no fue rabia, fue un cansancio profundo de explicarme, de suavizar mi presencia, de anticipar incomodidades ajenas, de ajustar mi identidad para tranquilizar miradas que no me conocían. Al igual que algunos momentos en la vida llegan sin hacer ruido, este también llegó sin ningún grito, mucho menos cerrándose puertas de golpes. Fue una claridad amistosa que se instaló en mi pecho…  después de haber explicado demasiado, de haber perdonado desmesuradamente, de haber esperado suficiente, algo dentro de mi  despierta, y otra vez, aparece esa frase breve, sencilla, pero llena de dignidad: Hasta aquí.

Te juro, no nació  del odio, nace del cansancio del alma, del momento en que comprendimos que seguir soportando no es amor, sino abandono de sí misma. Pero llega un instante, a veces después de muchas heridas, en el que nos toca comprender  algo esencial; la paz no necesita aprobación. Por eso debes decidir, no con rabia, no con venganza, sino con una calma nueva, desconocida,  simplemente te eliges, sin culpa alguna; sin remordimiento; sin pedir permiso, porque hay decisiones que no se anuncian, solo se toman en silencio… y cambian el rumbo de una vida.

Romper cadenas emocionales no siempre se ve heroico desde afuera, a veces solo parece alguien que se va, pero quien ha vivido dentro de esas cadenas sabe que no es una huida, es un nacimiento.  Es el momento en que una persona deja de mendigar amor donde solo había costumbre, manipulación y miedo, y decidió entender algo que tardó años en aprender: No todos los finales son pérdidas, algunos son el principio de la identidad, y  cuando finalmente pronunciamos  esas dos palabras…  aunque nadie más las escuche, nuestra vida empieza a moverse en otra dirección.  Una dirección más honesta, más limpia, más tuya, porque hay momentos en los que el mayor acto de amor propio no es quedarse a luchar o insistir, muchas  veces, se trata simplemente de decir: Hasta aquí.

Un abrazo, campeon(a)

 

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